Intestino y cerebro: el impacto de lo que comemos en lo que sentimos, pensamos y hacemos

Actualizado: 24 ene

La microbiota intestinal afecta el estado de ánimo. Existe una relación intestino/cerebro que se debe cuidar desde la niñez.

Por Guillermo Lobo


Mucho se ha escuchado acerca de que el “intestino es el segundo cerebro”. Un mal cuidado de este órgano puede alterar no solo el estado de ánimo sino también el bienestar general del cuerpo y la psiquis. La alimentación es clave para la salud intestinal y, como consecuencia, para el buen funcionamiento neuronal.


Carina Castro Fumero, neuropsicóloga pediátrica, profundiza este concepto: “Cada alimento que elegimos ingerir altera los billones de microorganismos (bacterias, hongos, virus, protozoos, entre otros) que viven en el intestino. Y, dependiendo de la calidad de esos alimentos, será el resultado de la multiplicación de estos cientos de microrganismos, su funcionalidad y la actividad que tengan en el intestino”.

Sin dudas, somos un todo y en nuestro cuerpo todo está relacionado y una de esas conexiones es la de intestino-cerebro: “El resultado de esta interacción entre los microorganismos y los alimentos resulta en una ´autopista directa´ al cerebro a través del nervio vago. Este nervio craneal, que nace en el tallo cerebral y corre hacia abajo hasta el intestino, es lo que consideramos una ´autopista de ambas vías´, en donde lo que comemos impacta en lo que sentimos, pensamos y hacemos. Por otro lado, lo que sentimos, pensamos y hacemos repercute en nuestro intestino y su funcionamiento”, sostuvo la especialista.




El intestino y el estado de ánimo

Algunos estudios científicos, publicados en la revista Gastroenterología y Hepatología, demostraron que hay muchas razones para cuidar la microbiota intestinal, ya que afecta el estado de ánimo de las personas.


Su desequilibrio, según la Revisión Microbiota Intestinal y Salud, puede alterar el humor debido a que las bacterias del sistema digestivo influyen en la síntesis de serotonina (conocida como la hormona de la felicidad) y casi un 90% de este neurotransmisor se produce en el intestino.


La conexión intestino-cerebro es “irrefutable”, según los expertos. Los alimentos que ingerimos día a día impactan directamente en cómo pensamos, sentimos y en las decisiones que tomamos. Un artículo de la University College Cork (Irlanda) -publicado en la revista Neurogastroenterology & Motility-, reveló que la depresión y la ansiedad están vinculadas a una alteración en la composición de la microbiota intestinal.


Otro trabajo, publicado en 2013 por investigadores de la UCLA -encabezado por el investigador Emeran Meyer-, demostró que, por ejemplo, el consumo de yogurt con probióticos modifica favorablemente la actividad de regiones cerebrales que controlan el procesamiento de las sensaciones y las emociones.


En otra investigación, Phil Burnet, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oxford, demostró que la utilización de prebióticos (fibra soluble que nutre a la microbiota), produjo una disminución en los niveles de cortisol, una reducción de los síntomas de ansiedad entre quienes consumieron el producto y mayor capacidad de tolerancia al estrés.


Las malas noticias se sienten en el estómago

De acuerdo con lo informado por la Sociedad Argentina de Gastroenterología, el 80% de nuestro sistema inmunitario está en el intestino. Sus especialistas aseguran que “la microbiota intestinal nos puede ayudar a fortalecerlo y luchar frente a las infecciones más comunes. Sin embargo, puede desequilibrarse fácilmente y afectar nuestras defensas”.



Castro Fumero reveló que es por esta conexión intestino-cerebro que las personas se identifican con la frase “las malas noticias se sienten en el estómago”. Y argumentó: “En los últimos meses, después de haber pasado casi dos años en pandemia, tenemos un aumento de enfermedades gastrointestinales como colitis, colon irritable y acidez. Los niños y adolescentes están presentando un incremento de enfermedades estomacalessin ninguna causa médica que lo justifique como el dolor abdominal, la diarrea, el estreñimiento y náuseas”.


“Debemos comprender la importancia de la conexión entre el intestino y el cerebro para así tomar medidas preventivas, porque la cura es mucho más costosa que la prevención. Debemos tomar conciencia de que los hábitos alimenticios que traemos desde la infancia -de esos alimentos que colonizaron nuestra microbiota intestinal desde los primeros años de vida- son los que generalmente permanecen durante toda la vida”, sostuvo.

Cambiar los hábitos para tener una vida más saludable

La especialista considera que la ley de etiquetado frontal contribuye a mejorar el tipo de alimentación y a tomar conciencia al respecto: “Si bien cambiar los hábitos no es fácil, esta ley que ha venido implementándose en países como Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay, y recientemente en la Argentina, es una gran iniciativa y una herramienta simple, práctica y eficaz para informarnos sobre los alimentos que pueden dañar nuestra salud física y mental y, al mismo tiempo, guiarnos a tomar mejores decisiones”, explicó.


La alimentación y su incidencia en los trastornos mentales

Es sabido que la alimentación también influye en la salud mental. Por ejemplo, un estudio realizado en Australia encontró mejoras en el bienestar psicológico de las personas que aumentaron el consumo de distintos tipos de frutas y verduras.

Castro Fumero coincide en que la alimentación incide en el bienestar psíquico: “Debemos volver nuestra mirada a la salud mental de la familia. Debemos analizar con un pensamiento crítico todo lo que nos venden los medios de comunicación y la industria alimenticia. Debemos comprender que nuestra calidad de vida, nuestro bienestar y nuestra salud mental son únicamente prioridades de nosotros mismos”, sostuvo.

Por último, concluyó: “La relación cuerpo/cerebro existe y debemos cuidarla desde la niñez. Como dijo Hipócrates, el padre de la medicina, cuidemos lo que comemos y lo que pensamos, ya que somos un todo y nuestra salud física, emocional y mental depende de la forma en que nos tratamos a nosotros mismos”.

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