Pantallas, redes sociales y cerebros en desarrollo: por qué el mundo está poniendo frenos
- Carina Castro Fumero

- Jan 11
- 2 min read

Durante mucho tiempo, el debate sobre pantallas se movió entre dos extremos: minimizarlo por completo o vivirlo con alarma. Hoy, algo distinto está pasando. Países muy diferentes entre sí, como Australia, Francia, España o incluso China, están empezando a tomar decisiones públicas para limitar el acceso de niños y adolescentes a redes sociales y ciertos entornos digitales.
No porque las pantallas sean “malas” en sí mismas. Sino porque la evidencia acumulada empieza a mostrar algo claro: los cerebros en desarrollo no están preparados para autorregular estímulos diseñados para captar atención de forma constante.
Desde la neurociencia, una de las claves para entender esto está en el sistema dopaminérgico. La dopamina es un neurotransmisor ligado a la motivación y la recompensa. No genera placer por sí sola, pero sí impulsa la búsqueda de estímulos. Las redes sociales, los videos cortos y los juegos digitales están construidos para activar este sistema una y otra vez, con recompensas rápidas, impredecibles y constantes.
En un cerebro adulto, ese circuito ya cuenta con mayor participación de la corteza prefrontal, la región que ayuda a frenar impulsos, poner límites y decidir cuándo parar. En niños y adolescentes, esa estructura todavía está en construcción. Por eso, soltar el celular no es un problema de voluntad ni de carácter. Es una dificultad de regulación.
En la infancia, esto suele verse como irritabilidad al cortar la pantalla o dificultad para pasar a otra actividad. En la preadolescencia y adolescencia, puede aparecer como uso compulsivo, comparación constante, cambios de humor o una sensación de vacío cuando no hay estímulo. El contexto cambia, pero el mecanismo cerebral es el mismo.

Lo interesante de mirar lo que hacen otros países no es copiar medidas, sino entender el mensaje de fondo: no es justo dejar a un cerebro inmaduro solo frente a sistemas diseñados para enganchar. En muchos lugares, la regulación externa está apareciendo porque la autorregulación todavía no puede sostenerse sola.
En América Latina, donde estos lineamientos aún no están formalizados, el acompañamiento empieza en casa. Y acompañar no significa controlar cada movimiento ni prohibir sin diálogo. A muchos padres les sirve pensar los límites digitales como una extensión del cuidado, no como un castigo. Estar disponibles, poner marcos claros y sostenerlos con presencia ayuda a que el cerebro infantil no tenga que cargar solo con algo que todavía no puede manejar del todo.
Quizás no se trate de eliminar pantallas, sino de no delegar en ellas funciones que corresponden al vínculo, al aburrimiento y al tiempo compartido. Cuando eso está, la tecnología deja de ser el centro y pasa a ocupar un lugar más saludable.
Si este tema resuena, en los cursos de cada etapa trabajamos cómo acompañar el uso de pantallas según el desarrollo cerebral, con criterios realistas y sin extremos. Son recursos para explorar, no reglas universales.



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