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Bullying: cuando el grupo empieza a pesar más


El bullying no aparece de un día para el otro ni “porque sí”. Muchas familias empiezan a notarlo alrededor de los 7 u 8 años, una etapa clave del desarrollo. A esa edad, los niños comienzan a salir con más fuerza del mundo familiar para orientarse al grupo. Empiezan a compararse, a buscar pertenencia, a entender jerarquías y a probar lugares dentro de lo social. El cerebro está desarrollando habilidades sociales complejas, pero todavía con una regulación emocional inmadura.


Desde la neurociencia, esto tiene sentido. El sistema límbico, encargado de las emociones y la pertenencia, empieza a activarse con más intensidad, mientras que la corteza prefrontal, que permite anticipar consecuencias, empatizar profundamente y frenar impulsos, aún está en construcción. En ese desajuste, algunos niños buscan afirmarse ganando poder dentro del grupo, muchas veces a costa de otros.


En la adolescencia, el bullying suele intensificarse. No porque los chicos “empeoren”, sino porque el peso del grupo se vuelve central para la identidad. La mirada de los pares activa con mucha fuerza los circuitos de recompensa del cerebro. La pertenencia se vive como supervivencia emocional. A eso se suma la exposición constante a redes sociales, donde la humillación puede amplificarse y volverse permanente. El mismo cerebro que busca aceptación es el que todavía no logra regular del todo la empatía ni el impacto de sus actos.


Es importante entender algo clave: el bullying no es solo el que agrede y el que recibe la agresión. Es un sistema. Hay testigos, reforzadores, silencios, risas, indiferencia. Por eso, pensar que se resuelve solo entre dos chicos es una simplificación que no ayuda. Las escuelas tienen un rol central y necesitan protocolos claros para prevenir, detectar y acompañar estas situaciones de forma activa y sostenida.


Desde casa también se pueden generar cambios importantes. Conversar sobre el impacto de las palabras, entrenar la empatía, validar emociones sin justificar la violencia, y enseñar a pedir ayuda son formas concretas de intervenir. No para controlar cada interacción, sino para ofrecer un marco interno que ayude a los chicos a posicionarse de otra manera frente al grupo.


El bullying deja huellas. A corto plazo impacta en la autoestima, el aprendizaje y la seguridad emocional. A largo plazo puede influir en la forma de vincularse, en la confianza en otros y en la percepción de uno mismo. Por eso, abordarlo no es exagerar ni dramatizar: es cuidar el desarrollo emocional.


Cuando entendemos el bullying como un fenómeno sistémico, el foco deja de estar solo en “quién hizo qué” y pasa a estar en cómo acompañamos como adultos. Familias, escuelas y comunidades formando una red que no normaliza el daño y que enseña, con hechos, que la pertenencia nunca debería construirse a costa de otro.


Acompañar estos procesos no es fácil. Pero mirar el fenómeno con más comprensión y menos simplificaciones es un primer paso poderoso para generar entornos más seguros para nuestros chicos.

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