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¿Qué está pasando con la identidad sexual en los adolescentes?

Cada vez más padres, docentes y profesionales se preguntan qué ocurre con la identidad sexual de los adolescentes de hoy. Por qué parecen tan confundidos, tan hiperexpuestos, tan influenciados por mensajes que aceleran etapas para las que su cerebro aún no está preparado. Para comprender esta realidad, primero necesitamos mirar al neurodesarrollo.


La identidad —incluida la identidad sexual— no aparece de golpe en la adolescencia. Se construye desde los primeros años de vida, a través de la conexión con el cuerpo, del aprendizaje sobre límites, del reconocimiento de sensaciones y del lenguaje que los adultos usamos para nombrar y acompañar esos procesos.


El cerebro infantil, especialmente entre los 0 y los 6 años, está absorbiendo información todo el tiempo. En esa etapa se forma el mapa corporal, se aprende qué partes son íntimas, qué es el consentimiento, qué sensaciones son agradables o incómodas, y cómo pedir ayuda si algo se siente mal. Todo esto es educación sexual temprana, aunque no lo llamemos así.


Sin embargo, muchas familias no conversan sobre estos temas porque nadie los conversó con nosotros. Nos incomoda. No tenemos modelos. Y el silencio crea un vacío. Hoy ese vacío está siendo llenado por una de las primeras “líneas educativas” que encuentran los niños y adolescentes: la pornografía.


Según Save the Children, cerca del 30% de los niños ha estado expuesto a pornografía antes de los 8 años. Esto significa que muchos empiezan a construir su comprensión de la sexualidad antes incluso de entender qué es una relación, qué es intimidad, o qué es consentimiento.


La pornografía activa sistemas muy potentes del cerebro.


Por un lado, el sistema dopaminérgico, asociado a la novedad, la recompensa y la excitación. El cerebro infantil y adolescente es especialmente sensible a estos estímulos. Ver algo prohibido, nuevo o impactante puede generar una descarga intensa de dopamina.


Por el otro, el cerebro prefrontal, responsable del juicio, el autocontrol y la interpretación emocional, todavía está inmaduro. Esta es la combinación perfecta para la confusión: mucha activación, poca capacidad de procesarla.


Por eso, aunque se asusten, muchos niños siguen mirando. No porque entiendan lo que ven, sino porque la parte más primitiva del cerebro se activa, mientras la parte racional no logra poner freno.


La pornografía, además, presenta cuerpos irreales, prácticas distorsionadas, ausencia de consentimiento y una mirada muy pobre de la intimidad. Cuando esto se convierte en el primer contacto con la sexualidad, el desarrollo natural se altera.


Y no siempre es pornografía explícita. Hoy los algoritmos de redes sociales exponen a niños y adolescentes a: bailes hipersexualizados, bromas de contenido sexual, cosificación del cuerpo, mensajes de validación externa (“vales por cómo te ves”), el culto al cuerpo perfecto. Esto también educa. También moldea.


A edades donde la identidad está en construcción, ver cuerpos editados, sexualizados y comparables las 24 horas al día afecta: la autoestima, la relación con el propio cuerpo, la comprensión de la intimidad, la forma de vincularse, la seguridad sexual en la adolescencia, la percepción de lo que “debería” ser deseable.


En un cerebro todavía inmaduro, la repetición constante de estos mensajes puede confundir: qué deseo realmente, quién soy, qué significa ser hombre o mujer, qué se espera de mí, cómo debería comportarme.


Y entonces… ¿por qué tanta confusión en la identidad sexual?


Porque los adolescentes están creciendo con:

  • poca educación sexual temprana en casa, por vergüenza o desconocimiento.

  • alta exposición a contenidos sexualizados, desde edades cada vez más tempranas.

  • un cerebro en desarrollo, más impulsivo, más vulnerable a la dopamina y aún sin la racionalidad del adulto.

  • modelos de masculinidad y feminidad construidos desde algoritmos, no desde vínculos reales.

  • falta de conversaciones profundas, abiertas y seguras en el hogar.


La identidad sexual no está “fallando”. Está intentando construirse en un ambiente que no acompaña su ritmo natural.


La sexualidad no es un evento, es un desarrollo. Y aunque los primeros años son clave, siempre existe la oportunidad de reparar, guiar y enseñar. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos, necesitan adultos disponibles, presentes y capaces de hablar de lo que nadie nos habló a nosotros.


Si este tema resuena, en los cursos de cada etapa trabajamos cómo acompañar el uso de pantallas según el desarrollo cerebral, con criterios realistas y sin extremos. Son recursos para explorar, no reglas universales.

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