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Cuando el intestino susurra y el cerebro escucha


La inflamación de bajo grado se ha convertido en una de las grandes protagonistas silenciosas de los problemas de salud física y mental que vemos hoy. No aparece como un dolor intenso ni como una fiebre alarmante. No nos detiene de inmediato. Pero está ahí, operando en silencio, afectando órganos, sistemas y, sobre todo, el cerebro.


Para entenderla, imaginemos algo simple: cuando te golpeás el brazo, la zona se inflama. Se pone roja, caliente, un poco hinchada. Eso es una inflamación aguda: aparece porque el cuerpo quiere reparar. Y lo más importante: desaparece en unas horas o en unos días.


Ahora pensemos una situación distinta. Imaginemos que esa inflamación nunca baja. Sigue ahí, suave, constante, como una brasa que no se apaga. Esa es la inflamación de bajo grado. No duele, no se nota, pero consume energía, desgasta tejidos y altera funciones esenciales.


A nivel digestivo, es como dejar la cocina encendida a fuego mínimo durante semanas. No hace ruido, pero lentamente va quemando, erosionando y dañando. Sin darnos cuenta, ese fuego bajo va afectando la mucosa intestinal, debilitándola, hasta generar pequeñas “grietas” que conocemos como aumento de la permeabilidad intestinal o leaky gut.


Cuando esa barrera intestinal se daña, sustancias que deberían quedar dentro del intestino —fragmentos de alimentos mal digeridos, toxinas, metabolitos inflamatorios— pasan al torrente sanguíneo. Y una vez que están en la sangre, llegan a todas partes. Incluido el cerebro.


Hoy sabemos con evidencia sólida que el intestino y el cerebro están comunicados por una autopista constante: el eje intestino-cerebro. Cuando la inflamación de bajo grado aumenta en el intestino, el cuerpo libera más citoquinas inflamatorias, moléculas que viajan por el cuerpo enviando señales de alarma.


¿Qué ocurre cuando estas citoquinas llegan al cerebro?


Provocan lo que se conoce como neuroinflamación, un estado en el que ciertas áreas cerebrales pierden eficiencia, la comunicación neuronal se vuelve más lenta y los neurotransmisores —incluidos serotonina, dopamina y GABA— se ven afectados.


Estudios recientes muestran que la inflamación de bajo grado está asociada con:

  • ansiedad

  • depresión

  • fatiga crónica

  • alteraciones en el estado de ánimo

  • trastornos del sueño

  • dificultades de atención

  • mayor reactividad emocional

  • algunos trastornos del neurodesarrollo, incluyendo cuadros del espectro autista y síntomas similares al TDAH


Incluso pequeñas elevaciones en marcadores inflamatorios se han vinculado con una disminución en la producción de GABA, el neurotransmisor de la calma. Cuando el GABA baja, la mente se acelera, el cuerpo se tensa y aparecen síntomas de ansiedad, irritabilidad y dificultad para concentrarse.



La buena noticia es que así  como la cocina puede apagarse y la olla puede enfriarse, el intestino también puede volver a un estado de equilibrio. Y cuando eso ocurre, muchas veces la neuroinflamación disminuye, los síntomas se suavizan y la salud mental mejora.


La evidencia científica lo confirma: intervenciones centradas en la alimentación, el sueño, la reducción de ultraprocesados, el aumento de fibra y prebióticos y la incorporación de alimentos fermentados pueden disminuir la inflamación y mejorar síntomas de ansiedad, depresión y dificultades cognitivas.


Esto no significa que la salud mental “esté en la comida”. Significa que el cerebro no puede regular sus emociones si el intestino está inflamado. 


Comprender esta conexión nos da poder. Poder para prevenir, para acompañar, para sanar.


Si este tema resuena, te invito a revisar los cursos virtuales disponibles para todas las edades y sobre todos los temas vinculados con salud mental.

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