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Cuando nada “grave” pasa, pero igual te sentís desbordado


A veces el día arranca y, objetivamente, no hay ninguna crisis. Nadie está enfermo, no hubo una llamada del colegio, no pasó nada “grave”. Y aun así, todo pesa. Una respuesta mínima de tu hijo te irrita más de lo que esperabas. Una demanda pequeña te encuentra sin margen. Y aparece esa pregunta silenciosa que incomoda: ¿por qué me siento así si, en teoría, todo está bien?


A muchos padres y madres les pasa. Y no habla de falta de gratitud, ni de debilidad emocional. Habla, en gran parte, de cómo está funcionando tu sistema nervioso.


Desde la neurociencia sabemos que el cuerpo no empieza el día en blanco. Al despertar, el cerebro libera cortisol, una hormona que cumple una función clave: ayudarnos a activarnos, a salir del sueño y a ponernos en marcha. A este proceso se lo conoce como cortisol awakening response. No es algo negativo. Es un mecanismo normal y necesario.


El punto es que este pico de activación puede ser más alto o más bajo según múltiples factores: cómo dormiste, cuán cargado venías del día anterior, si tu sistema nervioso está acostumbrado a vivir en alerta constante. Cuando ese nivel de activación arranca demasiado alto, el cerebro queda más sensible a lo largo del día. No más débil, más sensible.


En ese estado, situaciones pequeñas de la crianza se sienten enormes. No porque lo sean, sino porque el cerebro ya está funcionando en un modo de mayor reactividad. La paciencia se acorta, la tolerancia baja y la sensación de desborde aparece más rápido. Esto puede pasar tanto con hijos pequeños, donde la demanda es constante, como con hijos más grandes, donde la carga es más mental y emocional.


En la primera infancia, ese estado suele chocar con llantos, repeticiones, tiempos lentos. En la preadolescencia y adolescencia, con silencios, respuestas cortantes o discusiones que parecen surgir de la nada. El contexto cambia, pero el cerebro del adulto es el mismo.


Una idea importante es esta: muchas veces no es lo que pasa durante el día lo que nos desborda, sino cómo arrancamos el día.


Una herramienta muy simple, y a la vez muy potente desde lo biológico, es la exposición a la luz solar por la mañana. La luz natural, idealmente dentro de la primera hora después de despertar, ayuda a regular ese pico de cortisol. Le dice al cerebro: el día empezó, no hace falta entrar en modo alarma. No requiere rituales complejos. Puede ser abrir la ventana mientras tomás algo caliente, salir unos minutos al balcón, caminar una cuadra con luz natural en la cara.


No cambia mágicamente la crianza, ni elimina los desafíos. Pero a muchos padres les sirve como una forma de bajar un punto la activación basal. Y cuando el sistema nervioso arranca un poco más regulado, la percepción del día cambia. No porque los hijos hagan menos, sino porque el cerebro adulto tiene más margen.


Tal vez no se trate de hacer más, sino de empezar distinto. Con un cuerpo un poco más acompañado y un cerebro un poco menos exigido desde el primer momento.


Si esto resuena, en los cursos de cada etapa trabajamos con más profundidad cómo el estrés cotidiano impacta en la crianza y qué pequeñas regulaciones pueden ayudar en cada momento del desarrollo. Como siempre, son recursos para explorar, no requisitos para hacerlo bien.

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